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31 de julio Día de la Siderurgia Nacional – Argentina

General Manuel Savio
La Movilización Industrial

El objetivo de toda la obra de Manuel N. Savio (1892-1948) fue claro: la Movilización Industrial Argentina, el mismo nombre que llevara el curso organizado y dirigido por el Teniente Coronel Savio en la Escuela Superior Técnica del Ejército Argentino, por el año 1933. Su proyecto buscaba alcanzar cuanto antes la capacidad de producción de materiales y la capacidad de elaboración de materias primas básicas para la industria manufacturera, que permitieran al país actuar con completa soberanía, sin la dependencia de intereses extranjeros que decidieran cuándo y qué industrias la Argentina podía desarrollar. Su primer paso hacia la industrialización nacional, fue la creación de la Escuela Superior Técnica tomando como modelo la Ecole Polytechnique de Francia (fundada en 1794 bajo la dirección de Lazare Carnot, colaborador de Benjamín Franklin, precursor del Sistema Americano de Economía Política). En un ejército argentino en vías de ser profesional, capacitado y bien provisto, gracias a la obra de comienzos del Siglo XX del General Pablo Riccheri (1859-1936), la Escuela de Savio se convirtió en el semillero del que surgieron los nuevos ingenieros militares, que se encargarían de la explotación de yacimientos, construcción de industrias y de toda la infraestructura para el mencionado Plan Industrial.
El siguiente paso de Savio sería la creación de la Dirección General de Fabricaciones Militares (DGFM), desde la cual, siendo su director creó un plantel de catorce fábricas propias, participación en ocho sociedades mixtas y nueve sociedades anónimas con mayoría estatal, entre las cuales se destaca, Altos Hornos Zapla-Palpalá (1945), planta fundacional de la industria siderúrgica argentina.

Publicado en la REVISTA INDUSTRIA Y NACION «50 Aniversario del INTI»  http://industriaynacion.org/wp-content/uploads/2020/07/REVISTA-50-AÑOS-INTI.pdf
Del arte del buen gobierno de Manuel N. Savio surgió la creación de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (Somisa), que posteriormente construyera la Planta de Punta Argerich, hoy llamada Planta Siderúrgica “General de División Manuel N. Savio”, que llegó a proveer a la Nación Argentina con 500.000 toneladas de productos semi terminados de acero.
Para Savio, la movilización industrial argentina, se traduciría “en comida y hogar para muchos argentinos; pero a ese pan y a ese techo hay que agregarle el valor extraordinario que significa aprender a fundir, a construir hornos, a preparar refractarios, a manejar máquinas importantes. ¿Cuánto vale la influencia que tiene en la formación espiritual de nuestros compatriotas el perfeccionamiento de su capacidad técnica para sus tareas en medios mecanizados? Su valor potencial tiene un extraordinario significado en la independencia argentina, en la argentinidad, sin ánimos aislacionistas; al contrario, en un sano propósito de cooperar al bienestar colectivo. Es indispensable para desenvolvernos libres de un tutelaje que, a esta altura de nuestra vida, resulta una vergüenza y una afrenta a nuestra dignidad”.
Zapla y la Minería Argentina
En el año 1939, con la declaración de guerra de Francia e Inglaterra a Alemania, quien acababa de invadir a Polonia, se daba inicio a la Segunda Guerra Mundial. Era previsible que al país fueran a faltarle minerales y suministros importados, esenciales para su funcionamiento. Entre ellos, estaba el hierro. Por esos días un grupo de campesinos que residían en la ciudad de San Salvador de Jujuy, había encontrado por casualidad, en los bosques de Zapla, lo que parecía ser un yacimiento de hierro.
Tiempo después, Savio encontró en su mesa de trabajo unas piedras remitidas por un colega, antiguo jefe suyo, con una carta que decía que “como sé que usted es muy inquieto por estas cosas, que me han traído unos paisanos, se las envío para que vea si pueden ser de alguna utilidad para el país”. Interesado en lo que podría ser un yacimiento de hierro, imprescindible para su proyecto industrial nacional, encargó a uno de sus asesores, Luciano Roque Catalano, pionero de la minería argentina, doctor en Química especializado en geología económica y planificación de la movilización industrial argentina, la misión de realizar una exploración minera en la sierra de Zapla, provincia de Jujuy.
A su regreso, Catalano advirtió que el descubrimiento del hierro de Zapla tenía tanta importancia para el país como el hallazgo casual de petróleo en Comodoro Rivadavia, señalando que “el yacimiento es una cuenca sedimentaria de hematita cuya potencia visible asegura una reserva de 50 millones como mínimo, tal vez 100, y quizá me quede corto”. Ante el importante volumen, Savio pidió a la Dirección de Minas del Ministerio de Agricultura realizase una exploración, determinándose, finalmente que “en la zona Guacalara-Zapla-Güemes-Salta-Jujuy la potencia probable de hematita de 35 a 45 % de hierro elemental se estima en más de 500 millones de toneladas”.
Al mismo tiempo, por esos días, un tradicional matutino sostenía en un editorial que “no tenemos hierro ni carbón de piedra, elementos indispensables de la gran industria”, para concluir que “en realidad no nos debemos quejar de la heredad que nos ha tocado en suerte y no hemos de ser mineros mientras nos convenga y nos guste ser labradores y criadores de ganado”. A lo que Savio refutaba indicando que “o sacamos este hierro de nuestros yacimientos… o renunciamos a salir de nuestra condición exclusiva de país agrícola-ganadero, renunciando a alcanzar una mínima ponderación industrial, con todas las graves consecuencias que ello implicará en el futuro de la Nación”. Al elaborar los fundamentos de la DGFM, Savio incluyó un capitulo sobre exploración y explotación de minas que como él mismo definiría un tiempo después creó “una verdadera revolución en cuanto a la tesis que sobre la materia se sustentó, terminantemente entre nosotros, de explorar y explotar minas que por intermedio de la DGFM se atribuye, en adelante, al Estado”.
Con esa misión, la DGFM se dedicó a la exploración de las riquezas minerales de la Argentina cuyos resultados no tardaron en aparecer. Entre los más importantes de esos descubrimientos estuvieron: el hierro de Puesto Viejo, al sur de Zapla; las arcillas y caolines bonaerenses, el uranio de Comechingones y de la mina Soberanía, de Mendoza; el cobre de Los Aparejos, en Tinogasta, Catamarca; el mineral del Paramillo, de Uspallata, Mendoza; la mina de hematita La Santa, Pastos Grandes, Salta; y el cobre y la rodocrosita de Capillitas, entre otras.
Cuando por el mes de agosto de 1945 fueron arrojadas las bombas nucleares en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, Savio de inmediato reaccionó insistiendo en que “tenemos que intensificar ya, rápidamente, la búsqueda de uranio en todo el territorio argentino. No se trata de fabricar la bomba atómica, sino de pesar en el concierto mundial con la tenencia de uranio”. Así fue como los 30 geólogos de la DGFM se lanzaron al relevamiento y la exploración del territorio nacional en busca de uranio haciendo hallazgos sorprendentes. Dos décadas después, Argentina estaba en el concierto de las pocas naciones que generaban energía nuclear.
Zapla-Palpalá: El nacimiento de la siderurgia argentina
Con el descubrimiento de los yacimientos de hierro en Zapla, la DGFM da inicio a la creación del Establecimiento Altos Hornos Zapla y la planta experimental de Palpalá, pilares de la nueva siderurgia argentina. El Coronel Manuel N. Savio explica de forma excelente, la importancia de formar una “conciencia metalúrgica”, en un discurso pronunciado en el salón de la Unión Industrial Argentina (UIA) en el mes de junio de 1942: “Puede decirse que hasta ahora hemos desechado sistemáticamente todos nuestros yacimientos de minerales. De tal manera, hemos visto tomar rumbo al extranjero a grandes cantidades de minerales en el mismo grado de concentración compatible con las tarifas de transporte; hemos anotado en nuestras estadísticas un valor que acrecentaba los ingresos ponderados en oro; pero sin dejar el efecto saludable que hubiese podido proporcionar el trabajo de su industrialización y, como saldo del balance, sólo debemos consignar un egreso de riqueza, una disminución del potencial… muy poco, pues, es lo que ha quedado como beneficio fuera de miserables jornales de extracción”.
El 23 de enero de 1943 el presidente Ramón S. Castillo (1942-1943) suscribía el respectivo Decreto que mandaba crear el Establecimiento Altos Hornos Zapla. Se licitó la construcción de la planta experimental de Palpalá, obra que quedó adjudicada a la empresa sueca “Svenska Entreprenad A.B.”, asumiendo el proyecto y la supervisión de la instalación del alto horno.
A cargo del capitán Enrique Lutteral, ayudado por el geólogo Victorio Angelelli, se elaboró la galería principal de la mina de Zapla, bautizada “9 de Octubre” en homenaje a la fecha de la fundación de la DGFM. Construida a dos puntas sobre una longitud de 500 metros, o sea a partir de sus extremos, tratando de empalmar en su parte media. Un método inusual, contrario a todas las prácticas universales, adoptado porque los equipos de perforación -trabajando con barretas y martillos por la carencia de elementos mecánicos y automáticos- no podían avanzar más de un metro por día, mientras el plazo estricto fijado por Savio requería otro ritmo.
Había que construir un cable carril desde la sierra de Zapla a Palpalá, para asegurar la bajada del mineral. Varios técnicos recorrieron el país en su búsqueda. En una mina riojana abandonada llamada La Mexicana encontraron uno. Hurgando sin descanso consiguieron varios tramos. La habilidad de los técnicos permitió una instalación aérea con cables adquiridos en trozos, como si fueran géneros, que soldaron con perfección, disimulando las uniones. Una doble línea de cable carril tendida a lo largo de doce kilómetros y medio con cinco estaciones tensoras y 109 torres de hierro en forma de T, plantadas sobre basamento de hormigón, unió a Palpalá, ubicada a 1.105 metros sobre el nivel del mar, con el extremo más cercano del yacimiento, a 1.500 metros de altitud.

El 7 de marzo de 1944, después de un año de estudios previos, comenzó la construcción de la planta industrializadora de Palpalá. Y en dieciocho meses se levantó el alto horno que, caso único en el mundo, se construyó de hormigón armado por la carencia de los materiales clásicos. Para la fábrica eléctrica y los soplantes, especie de ventiladores gigantes que hacen las veces de pulmón del alto horno, se requería un motor de 500 HP y en el país se fabricaban apenas de 80 HP. Savio reunió a los industriales argentinos y por último, el ingeniero Torcuato di Tella se comprometió a construir seis motores de 85 HP para seis soplantes en paralelo de manera que la presión de uno no ahogara al otro. Se debía quemar el gas del alto horno en una caldera y pasarlo a turbina. En Bahía Blanca se halló un motor viejo de 1.200 HP con dos décadas de uso, que se reacondicionó.
Mientras Chile, Brasil y México para sus emprendimientos siderúrgicos contaban con la colaboración norteamericana, Savio -condicionado por la política exterior argentina, que se mantuvo neutral durante la Segunda Guerra- construía la planta piloto de Palpalá apelando a piezas en desuso recogidas a lo largo de todo el país. En un astillero viejo de San Fernando se compraron dos calderas antiguas, casi chatarra. Como no se pudieron obtener ladrillos refractarios para el interior del horno, una firma nacional los ofreció de sílice, siendo aceptados finalmente por los ingenieros suecos, pero sin ofrecer garantía.
Como combustible se utilizó carbón de leña del Chaco, Santiago del Estero y Salta. Inmediatamente, las voces de la prensa ecologista de ese entonces, clamaron “no se puede levantar la siderúrgica con carbón vegetal, vamos a quedarnos sin montes”. A lo que Savio respondió activando el Vivero de Pirané e iniciando las plantaciones de 15.000 hectáreas de eucaliptos en la zona Zapla-Palpalá, formando un bosque de 30 millones de árboles, que al día de hoy, permiten la realización de cortes cada siete años.
Se acercaba el día ansiado en que el horno entraría en funcionamiento. Se suscitó entonces una cuestión grave: no se contaba con los repuestos imprescindibles en caso de avería, que debían ser comprados en el exterior, y era claro que Zapla iba a ser jaqueada por el extranjero, debido a la importancia que remitía a la soberanía y defensa nacional. El riesgo a correr era inmenso, pues si se interrumpía la operación del alto horno el tiempo suficiente para que se enfriara y solidificase el material, su inutilización sería definitiva, y volarlo su destino sin remedio. Savio sopesó las circunstancias y dijo “Adelante”, asumiendo toda la responsabilidad; la suerte lo acompañó pues el horno trabajó dos años sin problemas y a esa altura los repuestos ya estaban a mano.
El día 11 de octubre de 1945, surgiría el primer chorro brillante de hierro que, en palabras de Savio, “iluminara el camino ancho de la Nación Argentina”. Sin demora, el capitán Lutteral se tomó desquite: envió al sabio alemán Schlagimtweit, el mismo que tres años atrás sostuviera que “el mineral de Zapla no es reductible”, un trozo de lingote con una simple tarjeta: “Para que le clave los dientes”.
Así, Palpalá se fue convirtiendo, como lo quería Savio, en un centro de irradiación industrial, a la vez que elevaba el nivel cultural y social de la región, transformando al pueblito que en 1940 tenía tan solo tres casas, en el tercer centro poblacional de Jujuy, con más 30.000 habitantes, viviendas espléndidas, escuelas primarias y técnicas, y centros culturales.
Industrias bélicas para la paz
En el ya citado discurso a la Unión Industrial Argentina, en el mes de junio de 1942, Savio definió los lineamientos de lo que sería la planificación de la nueva industria, destacando primordialmente la “necesidad de protección, por lo menos en la etapa inicial”, señalando que “¿Es esta la suerte a que debemos dejar librado nuestro plan de obtención de las materias primas esenciales para nuestras industrias? Me siento en el deber de expresar, sin eufemismos, que sin una franca protección del Estado, todo este plan y cualquier otro, correrá igual suerte; porque es un secreto a voces que la producción universal de todos los productos que he enunciado está controlada por organizaciones poderosas, con medios suficientes para determinar crisis decisivas donde y cuando convengan”.
El descubrimiento casual de una mina de azufre, por parte de un grupo de exploradores en el sudoeste de la provincia de Salta, a unos 5.200 metros de altura, sería el comienzo de la industria azufrera argentina. Comenzada a explorar, a cielo abierto, por una compañía privada, Savio tomó contacto con ella y en 1943 se organizó la Sociedad Mixta Azufrera Salta. Al año siguiente, mediante el apoyo de Savio como director de la DGFM, empezó a producir 31.000 toneladas de azufre, utilizadas en su mayor parte para la obtención de ácido sulfúrico, sulfuro de carbono para la pólvora negra y aspersiones contra insectos hongos, entre otros.
El 30 de enero de 1938 se inaugura la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos “Villa María”, ubicada en la localidad cordobesa de igual nombre, y que Savio completara y pusiera en funcionamiento en agosto de 1942, con las plantas de éter y pólvoras de nitrocelulosa. Poco tiempo después, se instalaría el segundo conjunto fabril químico de la DGFM en Río III.
De su producción, las Fuerzas Armadas solo consumen apenas el 4 por ciento, el resto lo absorbe la industria privada, que utiliza la nitrocelulosa para la elaboración de pinturas, esmaltes, lacas, barnices y películas radiográficas, mientras diversos explosivos se destinan a minería, obras viales y sismográficas.
La carencia de neumáticos -cubiertas y llantas- durante la Segunda Guerra había creado enormes dificultades al país. Savio se aplicó a que la DGFM obtuviera caucho sintético, para lo cual creó por concurso la Sociedad Mixta Atanor, que si bien no pudo resolver su producción, empezó a satisfacer la demanda de agua oxigenada, cloro soda, metanol y soda cáustica.
El 26 de agosto de 1942, bajo la dirección de Savio, la DGFM creaba en las proximidades de Campana, provincia de Buenos Aires, la Fábrica Militar de Tolueno Sintético: era el comienzo de la petroquímica en el país. Con la colaboración de YPF inauguró el 31 de diciembre de 1943 la producción del tolueno para la obtención del explosivo TNT. Y su desarrollo llegó a abastecer a la industria con solventes aromáticos y parafínicos, aguarrases y thinners.
El 4 de agosto de 1942, en la ciudad de San Francisco, provincia de Córdoba, se instalaba la Fábrica de Munición de Guerra y Armas Portátiles, que cuatro años después producía cartuchos de guerra y de fogueo, y posteriormente elementos de uso civil como motores eléctricos, discos para arado, material ferroviario como vagones y furgones, entre otros. Dos meses después, el 3 de octubre de 1942, se colocaba la piedra fundamental de la actual Fábrica Militar de Armas Portátiles “Domingo Matheu” en la ciudad de Rosario.
El 1º de abril de 1947 Savio inauguraba la Fábrica Militar de Material de Comunicaciones y Equipos, en la localidad de San Martín, provincia de Buenos Aires con la finalidad de fabricar equipos de dotación de las Fuerzas Armadas, al tiempo que empezó a producir, también, equipos electrónicos como transmisores, receptores y equipos de televisión. Preocupado por los requerimientos de la industria del cobre para las Fuerzas Armadas y el uso civil, en 1944 adquirió la Sociedad Electrometalúrgica SEMA, de origen alemán que pasó a llamarse Fábrica Militar de Vainas y Conductores Eléctricos. Ubicado en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, este establecimiento empezó fabricando latón militar para vainas, metales para la industria manufacturera y una amplia gama de conductores eléctricos.
En 1945, se creó la Fábrica Militar de Materiales Pirotécnicos, con asiento en Pilar, provincia de Buenos Aires que abasteció a las Fuerzas Armadas y cubrió las necesidades de explosivos de uso civil como la elaboración de cargas para las perforaciones petrolíferas y mineras.
La Fábrica Militar de Aceros, de Valentín Alsina, que fundara en 1936 el general Reynolds y completara Savio en 1938, para 1969 era la única planta que producía en el país laminados planos de alto carbono y de acero al silicio para los que antes se dependía exclusivamente de la importación.
Catorce fábricas propias -o “núcleos de paz”, como las llamara Savio-, participación en ocho sociedades mixtas y nueve sociedades anónimas con mayoría estatal, tal es el panorama resplandeciente legado por Savio como Director de la DGFM.
Somisa: El Plan Siderúrgico Nacional
Alarmado al comparar que treinta años atrás -en el decenio 1905/1914- la Argentina consumía 150 kilogramos de hierro y acero por habitante, y que en esos días de 1943 había descendido peligrosamente a menos de 50, sumado a que, a diferencia de la época de la Primera Guerra, la Segunda Guerra Mundial interrumpía el suministro a una Argentina que demandaba camiones, autos, locomotoras y demás, Savio proyecta un programa siderúrgico que comprenda “la ejecución anual de alrededor de 315.000 toneladas de acero en una etapa inicial”. Sostenía que “necesitamos barcos, ferrocarriles, puertos y máquinas de trabajo, y no nos podemos detener a la espera de milagros… ello es ya un imperativo en nuestro progreso, porque es un mandato de la argentinidad, porque lo requiere nuestra soberanía dentro de un programa que no persigue ninguna autarquía deformada por exacerbado nacionalismo, sino porque aspira a contar con un mínimo de independencia”.
El 24 de enero de 1946 tenía entrada en la Presidencia de la Nación el proyecto de ley suscrito por el general de brigada Manuel N. Savio, director general de la DGFM, con el objetivo de elevar el Plan Siderúrgico. Al someterlo al Congreso señala: “su finalidad esencial consiste en crear una real capacidad para la producción nacional de acero, en condiciones tales que aseguren el desenvolvimiento económico de la siderurgia argentina y su ulterior afianzamiento”. “La actividad industrial que encara este plan es vital, la necesitamos, como hemos necesitado nuestra libertad política, como hemos necesitado en su oportunidad nuestra independencia”. “La industria del acero es la primera de las industrias; y constituye el puntal de nuestra industrialización”.
El 21 de junio de 1947 el Poder Ejecutivo promulgaba el Plan Siderúrgico convertido en la Ley Nº 12.987, nombrando a Manuel N. Savio como Presidente de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (Somisa). En primer lugar, decide la ubicación de la planta siderúrgica en Punta Argerich, sobre el río Paraná, en el partido de Ramallo, provincia de Buenos Aires. El 13 de marzo de 1948, en su carácter de Presidente de SOMISA, suscribe el contrato con la Armco argentina por el cual se encargan los planos y estudios, supervisión de la instalación y de la puesta en marcha de la planta a instalarse. El 26 de junio de 1948, el Directorio de Somisa aprueba el plan definitivo presentado por Armco, optando por un complejo para elaborar 500.000 toneladas de productos semiterminados de acero.
Imprevisiblemente, y en mitad de la realización de su proyecto industrial para la Argentina, el sábado 31 de julio de 1948, el general de división Manuel N. Savio, muere a los 56 años de edad. En adelante, el 31 de julio sería celebrado como el Día de la Siderurgia Nacional. Su Plan Siderúrgico se vería aplazado por casi una década, siendo Arturo Frondizi (1958-1962), aquel diputado que integrara la comisión especial de la Cámara de Diputados para estudiar el Plan de Savio, quien en 1958, ya ungido presidente de la República, quien haría uso manifiesto del préstamo de 60 millones de dólares que, en 1955, el Eximbank (Export and Import Bank of United States) le concediera al gobierno de Juan D. Perón para financiar las adquisiciones de equipos y servicios a efectuarse en Estados Unidos para la instalación de la planta de Punta Argerich, que pasaría a llamarse Planta Siderúrgica “General de División Manuel N. Savio”. El 20 de abril de 1960 se produce, en la planta de Punta Argerich, el primer deshornado de coque apto para fines metalúrgicos; el 20 de junio, la primera colada de arrabio y el 5 de mayo de 1961, la primera colada de acero. El 25 de julio de ese 1960, trece años después de la promulgación de la Ley 12.987, se realiza la inauguración oficial de la planta con la asistencia del presidente Arturo Frondizi. Durante la inauguración, al dirigirse a los presentes el teniente general Castiñeiras recordó que la planta fue contratada en 1958: “eso equivale a decir que en tres años se ha llegado a producir acero en el país. Con el acto de hoy se desmiente a quienes sostenían que se tardaría quince años en lograr lo que es hoy una realidad nacional”.
Fuente: http://libreopinion.com
El presidente Frondizi, quien concluyera durante su gestión la planta de Punta Argerich, dijo sobre Manuel N. Savio: “Es un hombre que honro los estudios económicos dentro del país. La figura del general Savio estará ligada a toda una serie de acontecimientos fundamentales para el desarrollo económico del país; y no se podrá hablar en el futuro de la industrialización argentina sin tener en cuenta las ideas y los conceptos del general Savio, quien fijó con precisión los límites y el significado del proceso económico nacional”.